Es curioso. La primera vez que abrí un libro de Harry Potter fue cuando tenía 9 años. Leí las primeras 20 páginas y no me atrayó. Se quedó en mi estantería por algunos meses. Un día decidí retomarlo y ahora me doy cuenta de que fue una estupenda decisión. Llevo 8 años sumido en la magia de las aventuras de Harry Potter y la saga ha marcado mi infancia y adolescencia. Llegó un momento en el que prácticamente devoraba los libros y comía con el tenedor en una mano y el libro en la otra.

Ayer terminé el último libro. Llegué a la última palabra del último libro de la saga y se cerró una etapa para mi vida. Quizás, tú, lector, pienses que estoy exagerando con estas palabras, pero el vínculo que me unía a esos libros fue, desde un inicio, un vínculo forjado con acero indestructible. Creo que cuando eres tan joven y estableces tal relación con una historia, cuento o libro, éste te marca de por vida. En parte, creo que eso mismo me ha pasado a mi. Crecí con esos libros debajo del brazo y han definido gran parte de mi actual persona. Esos libros no sólo me inspiraron a leer de forma ávida e insaciable, sino que desarrollaron mi imaginación y me siguen invitando hasta ahora a escribir mis propias historias.

Ojalá que en un futuro, próximo o lejano, la saga se retome y se sigan escribiendo libros sobre las aventuras de Harry Potter. Quizás no sea lo mismo, pero volver a leer la magia que rodea toda esa historia siempre será volver a lo más profundo de mi imaginación. Si eso no ocurre, jamás me arrepentiré de haber sido un ávido lector de Harry Potter. ¿Qué importa si Harry Potter se convierte en parte de la historia de la literatura universal como el libro que dio paz y ganas ávidas de leer a millones de jóvenes y no tan jóvenes? Esos libros están dentro de mi historia y mi ser, y eso es lo que siempre me importará cuando vuelva a abrir las tapas de los libros para releerlos de nuevo, una y otra vez, y revivir con intensidad la aventura de la magia y la fantasía.